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Pérez dal Lago une el arte y la fe para restaurar el sueño de Dios

La vocación artística del padre Eduardo Pérez dal Lago surgió en sus primeros años de colegio y su maestra afirmaba que se iba a convertir en artista.

Por OLIVIA DÉCIMA

El padre Eduardo Pérez del Lago fue ordenado sacerdote el 4 de agosto de 1991. Tenía apenas treinta años cuando el 1 de mayo de 1992 fue testigo del Milagro Eucarístico en la parroquia Santa María. Perez dal Lago tuvo que mantenerlo en secreto por ocho años, hasta que el Milagro fue confirmado. En 2011, pudo financiar, gracias a colaboraciones generosas, la Fundación La Santa Faz, de la cual es presidente. Allí, se busca mostrar la belleza de Dios para que el mundo también se enamore de Él. 

Al presenciar el Milagro, no dudó de su procedencia. Lo que más le conmovió fue que el tejido estaba herido. Pérez dal Lago afirma que él sabe que Jesús está vivo en la Eucaristía, pero jamás hubiera asumido que estaba herido en ella. Su conclusión fue que esto sucede por falta de amor, por el desinterés que hay por Él. Por eso, cree que esa tristeza parte de no ver lo que deseaba para su obra. “Estamos desdibujados porque nosotros mismos con nuestros actos nos rompemos, esa apertura a la amistad con Dios se parte y eso es lo que hay que restaurar”, explica Pérez dal Lago. 

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Entre los trabajos más reconocidos del padre Eduardo Pérez dal Lago, se encuentra la iconografía oficial de Santa María Antonia de Paz y Figueroa, Madre Antula, primera santa argentina. Imagen: Vatican News.

Si bien se formó en el ámbito artístico, el contacto con la fe y la vida cristiana lo llevó a discernir otra vocación, el sacerdocio. La vocación artística del padre Eduardo Pérez dal Lago nació en su infancia y sus padres notaban mucho contraste con su hermano, que se inclinaba hacia las ciencias exactas. Al comparar las tareas de sus hijos, fueron a quejarse al colegio porque creían que el menor se la pasaba de recreo. Al hacer esto, su maestra respondió: “Eduardo va a ser un artista”. Nunca estudió en un colegio religioso, pero sí tomó la Comunión y la Confirmación. Su primer signo vocacional sobre el sacerdocio se vio a la luz de la pregunta de una vecina que le preguntó qué quería ser de grande y él, sin saber bien por qué, respondió: “Cura”. 

Al terminar el colegio, tenía decidido volverse pintor. Al darse cuenta de que era muy difícil poder mantenerse con ese trabajo, decidió estudiar abogacía en la UBA. Así, podría mantenerse económicamente y pintar cuando quisiera. Como el servicio militar era obligatorio, pidió una prórroga que le duró dos años. Así que, a sus 20 años, comenzó con el servicio militar en marzo de 1982. En abril de ese año, se desató la Guerra de Malvinas. Estando en el ejército, estudió un profesorado de catequesis para responder a ese sentimiento religioso al que no terminaba de responder. Era el mayor del grupo y muchos acudían a él para ser aconsejados y para rezar por la paz. Con su compañero de carpa, rezaban y hablaban mucho de Dios. Incluso, su compañero le pidió que sea su padrino de Confirmación a finales de 1982.

 

Hoy, Pérez del Lago se define tanto como sacerdote como iconógrafo. Considera que el arte es un medio privilegiado para transmitir la fe y restaurar la experiencia de la belleza como signo de lo divino. Igualmente, tuvo vaivenes tanto con el arte como con la religiosidad. Con el arte porque cuando era seminarista tenía decidido dejar de practicarla para poder enfocarse en sus estudios, pero su director espiritual le insistió en que no lo haga. Cuando este le planteó que juntara lo artístico y lo religioso, Pérez dal Lago siguió el consejo y asegura: “Lo tenía que integrar porque era parte de mi vocación, de mi ejercicio sacerdotal”. Con la religiosidad, tuvo sus idas y venidas. A sus 15 años, su padre murió, lo que le hizo hacerse muchas preguntas, y el sentimiento se intensificaba con el tiempo, ya que su abuela murió al año siguiente. Pero Pérez dal Lago fue traído de vuelta, sea por sus amigos, por la guerra o por la vida misma, a la vida con Dios. 

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El padre Eduardo Pérez dal Lago no firma sus obras, pero reconoce que sus obras dejan una huella para siempre porque son de Dios y él es un co-autor en la obra. Imagen: Padre Eduardo Pérez dal Lago.

Aunque su vocación ya venía definiéndose, Pérez dal Lago necesitaba de una señal fuerte y clara. Es por eso que, el 6 de diciembre de 1982, día de la Confirmación de su compañero de carpa, todo cambió. Ese día había un paro y, al querer ir a trabajar, fue a conseguir algún transporte público, pero nada funcionaba. Volvió a su casa por un camino distinto e ingresó a una iglesia. Allí, rezó y preguntó por su vocación, si realmente debía ser sacerdote, quería una señal que no deje lugar a dudas. Entonces, la iglesia se iluminó de colores. Siempre entendió a esa situación como el llamado que Dios le hacía. Le pedía buscar la belleza en las almas y restaurar el sueño que Él había visto en ellas. Pérez dal Lago plantea: “Era artista o restaurador y ahora iba a ser artista o restaurador de hombres”. 

Su madre y sus hermanos sufrieron con su decisión de formarse como sacerdote porque siempre se había mostrado como una persona que cambiaba mucho sus gustos. “Mi mamá tardó siete años, hasta que me ordené de diácono, en confiar en que esto era algo definitivo”, expresa Pérez dal Lago. Su madre incluso intervino en su camino para que su proyecto tomara otro rumbo, pero esto no lo detuvo. Igualmente, su madre y sus hermanos apoyaron y siguen apoyando su vocación. 

En la guerra, se hizo muchos planteamientos sobre la muerte, que lo conectaron aún más con la eternidad. Con Dios, siente un amor trascendente, siente con Jesús un amor desbordante. Es fiel, estable, paciente, comprensivo y esperanzador. Pérez dal Lago pudo balancear su amor por sus ambas vocaciones para restaurar lo que él reconoce como lo que Dios soñó al crear a cada uno y espera algún día poder estar a la altura de la misión que Él le propone.

Olivia Anderson, Olivia Décima, Camila Piovano, Clara Sánchez Capilla y Paz Taquini.

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